Combustibles fósiles vs. renovables: un duelo que aún durará décadas

En un giro significativo para la política energética de Estados Unidos, el presidente Donald Trump impulsó la aprobación del controvertido proyecto de ley One Big Beautiful Bill (OBBB), que marca un retroceso en los incentivos a las energías renovables y un renovado impulso a los combustibles fósiles como el petróleo, el gas y el carbón.
Aprobada por estrecho margen en el Congreso, esta legislación elimina créditos fiscales clave para la energía solar y eólica, facilita la expansión de la explotación de hidrocarburos en tierras y aguas federales, y reduce las regalías que pagan las empresas extractoras. Si bien incluye algunos incentivos para tecnologías emergentes como el hidrógeno y la captura de carbono, su esencia reafirma el modelo fósil como base del sistema energético estadounidense.
Este movimiento refleja una realidad que muchas veces se quiere ignorar: a pesar del crecimiento acelerado de las energías limpias, los combustibles fósiles siguen siendo el eje del sistema energético mundial. Su arraigo no responde únicamente a intereses políticos o empresariales, sino también a factores estructurales difíciles de desmontar. La infraestructura global, desde refinerías hasta redes de transporte y generación, ha sido diseñada durante más de un siglo para funcionar con hidrocarburos.
Expertos como Vaclav Smil recuerdan que la transición energética no es un acto de voluntad, sino un proceso técnico, económico y social que toma generaciones. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE) , los combustibles fósiles todavía representan cerca del 80 % del suministro energético global. Incluso si la demanda de petróleo, gas y carbón alcanza su pico máximo en esta década, como proyectan algunos escenarios, su descenso será gradual y no inmediato.
AIE prevé que la demanda de petróleo, gas y carbón alcanzará su pico máximo en esta década, pero eso no significa su desaparición inmediata: la reducción será progresiva y coexistirá con las renovables durante años.
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Infraestructura existente: refinerías, centrales térmicas, redes de distribución y transporte están diseñadas para combustibles fósiles y requieren grandes inversiones para su reconversión.
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Sectores difíciles de electrificar: industrias pesadas, transporte marítimo y aéreo aún dependen del petróleo y el gas, y su transición es más compleja.
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Intereses económicos y políticos: países y empresas con grandes reservas o producción fósil ejercen presión para mantener su relevancia.
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Velocidad de la innovación y costos: aunque las renovables son cada vez más competitivas, la transición necesita mejoras en almacenamiento, redes inteligentes y tecnologías emergentes como el hidrógeno verde.
Además de la infraestructura existente, existen sectores de difícil electrificación, como la aviación, el transporte marítimo o ciertas industrias pesadas, que aún dependen de derivados del petróleo o del gas natural. Estos segmentos requerirán soluciones más complejas que una simple sustitución por energía solar o eólica. A esto se suman los intereses geopolíticos de países y corporaciones cuya economía gira en torno a los combustibles fósiles, así como la necesidad de innovaciones tecnológicas en almacenamiento, redes inteligentes e integración de fuentes renovables intermitentes.
La apuesta legislativa de Trump también responde a presiones de grupos como el American Petroleum Institute, que celebraron la ley como la más transformadora en décadas. La apertura de decenas de subastas anuales para nuevas explotaciones, la reducción de regalías y los beneficios fiscales para empresas como Exxon o Chevron no solo buscan garantizar el suministro interno, sino también reafirmar el papel de Estados Unidos como potencia energética global.
Este retroceso ocurre en un momento en que otras regiones, como la Unión Europea, avanzan en sentido contrario. Las renovables ya superan en generación eléctrica a los fósiles en varios países europeos, mientras que, en Estados Unidos, la eliminación de incentivos a la solar y eólica ha encendido las alarmas en el sector. Asociaciones empresariales han advertido sobre el riesgo de cierres de fábricas y pérdida de empleos en una industria que, hasta hace poco, era vista como motor de crecimiento tecnológico y económico.
Nada de esto implica que el rumbo haya cambiado de forma definitiva. La transición energética no es un camino lineal. Es más bien un terreno de disputa entre lo nuevo que aún no termina de nacer y lo viejo que se resiste a morir. La lógica económica y la urgencia climática seguirán empujando a favor de las renovables, aunque el tiempo que tomará esa transformación dependerá, en gran medida, de las decisiones políticas que se tomen hoy.
Los combustibles fósiles seguirán presentes durante muchos años más. No como una simple inercia, sino como parte de una estructura energética global que aún los necesita. Reconocer esta complejidad es esencial para construir una transición realista, gradual y sostenible. No se trata solo de cambiar de fuente, sino de repensar todo un sistema.
Cierro con esta reflexión: La transición energética es una carrera de resistencia, no de velocidad.